PRODIGIOS DEL NO HAY
Eduardo Velázquez Navarrete
Si no hay relación sexual, hay suplencias. La primera: la ley sexual1: a cada cual su falo. A cada hombre, su mujer.
La relación sexual, en la medida en que está falseada debido a la ley, permite sin embargo desear que cada cual tenga su cada cuala: “no codiciarás a la mujer de tu prójimo, ni su buey, ni su asno”. Pero la ley sexual no tiene mucho recorrido. Hecha la ley, hecha la trampa. La trampa del no hay es que, por mucho que la ley sexual quiera suplir la inexistencia de la relación sexual, no alcanza a hacer con los deshechos de goce del cuerpo. ¿Trampas? ¿suplencias? ¡No! Prodigios que surgen al amparo del “no todo fálico” y al resguardo del “no hay relación sexual”, más allá de la ley y de la norma (sexual).
Primer prodigio: la histeria. Es la función preciosa de las histéricas: decir la verdad respecto a la relación sexual2. “No soy ni tu buey ni tu asno”, le dice la histérica al hombre. Si la neurosis es donde se articula la verdad de un fracaso, es el fracaso de la ley sexual lo que permite a la histérica hacer avanzar al mundo. El fracaso del discurso médico, en el momento histórico en el que quería escribir las leyes estrictas que rigen el cuerpo, fue lo que permitió el surgimiento del psicoanálisis. Hecha la ley neurológica, surge la conversión. El síntoma histérico fue el prodigio que permitió que Freud transcendiese las leyes de los anatomo-clínicos del XIX para plantear que detrás del síntoma hay una verdad que solo puede ser dicha a medias.
Si algo nos revela el saber del neurótico es que el síntoma se articula en el no hay3. Prodigio del síntoma. Dice Freud que respecto a la fatalidad de las relaciones sexuales son necesarios los puentes, las pasarelas, los edificios, las construcciones que responden al hecho de que no hay relación sexual. El síntoma facilita una especie de éxito, éxito suplente de lo que falta4.
Pero entonces… ¿hoy? Habrá que estar atentos a los síntomas prodigiosos, los que se rebelan contra la nueva ley sexual tomada por el discurso capitalista, porque el psicoanálisis de hoy no tiene más recurso que la histérica desactualizada, “pas a la page” dice Lacan, “a contracorriente”, cuando la histérica prueba que una vez dada la vuelta a la página sigue escribiendo del otro lado, e incluso en la página siguiente5.
Si en el síntoma hay saber, es un saber que resulta del tropiezo, del acto fallido, del sueño, del trabajo del analizante. Este saber, el del inconsciente, no es saber supuesto sino saber caduco, sobras de saber que Lacan define como novedoso. Pero además es un saber “prodigioso” que solo puede plantearse a partir del goce del sujeto6.
Sin embargo de este goce es difícil decir algo. Es más fácil hablar de lo que está centrado en el Otro que de aquello que no es inscribible en la relación con el Otro7, de aquello que hace que fracase la relación sexual. El psicoanálisis es la localización de lo oscurecido, de lo que se oscurece en la comprensión, debido a un significante que marcó un punto del cuerpo8 ¿cómo hablar de eso? ¿Cómo hablar del Uno?
Segundo prodigio: el álgebra, la teoría de conjuntos… No hay otra existencia del Uno que la existencia matemática. El prodigio son todas esas matemáticas que exploran, explotan y embellecen la brecha, el intervalo, que aparece entre el cuerpo y el goce, por un lado, y el semblante y el discurso por otro9. Prodigio del álgebra lineal, de los espacios vectoriales, matemáticas prodigiosas que pretenden dar cuenta de lo sintomático del mundo.
Pero no vamos a análisis a resolver sistemas de ecuaciones ni matrices de vectores, a pesar de lo gozoso que pueda llegar a ser. Al contrario, a análisis vamos a hablar.
Porque a pesar de la ley sexual, la función fálica, en la mujer, y por qué no, en el parletre, es una contingencia10, 11. El “no existe” se afirma por un decir de lo imposible, y a lo imposible se opone lo contingente: lo que cesa de no escribirse. Como tantas otras cosas que son contingencias: es contingente el encuentro con un analista. Pero también es contingente el amor.
Tercer prodigio: el amor. Pero no cualquier amor sino aquel que apunta al ser, o sea, a lo que en el lenguaje es más esquivo12. El problema es que en lo tocante al ser, no podemos estar tranquilos13, y además si hay algo que fundamenta el ser es, ciertamente, el cuerpo14.
El punto sensible es esa relación perturbada con el propio cuerpo que en el ser hablante se denomina goce15, y que tiene por punto de partida una relación privilegiada con el goce sexual. Pero, por otro lado, el lenguaje funciona originariamente como suplencia del goce sexual, ordenando la intrusión del goce en la repetición corporal16. En la medida en que el inconsciente existe hacemos a cada instante la demostración de la inexistencia17: al hablar se hace síntoma. Si hay algo a contracorriente, sintomático, en el tiempo bañado en el discurso del capitalismo, es seguir hablando de amor. En el tiempo de la soledad del objeto, ¿cómo puede haber amor por un otro?18
Si los amantes pueden llegar a gozar (como exclamaba San Juan de la cruz, “gocémonos amado”), para los psicoanalistas se trata de tomar el lenguaje como lo que funciona para suplir la ausencia de la relación sexual. Si el inconsciente está estructurado como un lenguaje, donde tenemos que interrogar al Uno es a nivel de la lengua19. Son los impasses del discurso un acceso posible al ser y una posible reducción de ese ser en el amor19. Porque también hablando se hace el amor20.
Federico García Lorca, en los Sonetos del amor oscuro, le pide a su amado que le escriba cartas de amor.
Llena, pues, de palabras mi locura
o déjame vivir en mi serena noche
del alma para siempre oscura.
La carta de amor da vueltas al hecho de que no hay relación sexual, pero permite “llenar de palabras la locura”.
Federico García Lorca sabe que, sin embargo, hay algo diferente al amor. La noche oscura es la referencia de Lorca a San Juan de la Cruz, a quien también se refiere Lacan en el seminario 20. Porque de la noche oscura, de lo oscurecido, nos ocupamos en análisis. De lo oscurecido que habla y que haría falta que callase para que existiera la relación sexual21. Pero no calla, ese goce del Otro, considerado como cuerpo, que es siempre inadecuado, loco, enigmático22.
Cuarto prodigio, la mística. Quizás el más sorprendente. Ese hablar de lo enigmático, de un goce del cuerpo que está más allá del falo. Un goce del cual nada se sabe, a no ser que se lo siente23. Pero del que algo se puede decir, gente capaz como San Juan de la Cruz, que vislumbran la idea de que debe haber un goce que esté más allá. Eso se llama un místico24.
O escritura de amor o noche oscura… Entendemos la mística partiendo de lo que nos enseña el discurso analítico: el inconsciente no es que el ser piense. El inconsciente es que el ser, hablando, goce. Hablo con mi cuerpo, y sin saber. De forma que diré siempre más de lo que se.
Lo prodigioso es que se pueda hablar, que se haga poesía, con aquello donde el significante no está dado en llegar, al menos de antemano.
Quinto prodigio: la poesía. Pero no cualquiera (igual que no cualquier matemática, ni cualquier amor). Lo real, de lo que se ocupa la mística, es el misterio del cuerpo que habla, es el misterio del inconsciente25. El prodigio es poder ponerle palabras, y hacer poesía. Cuando se hace poesía desde el cuerpo… ese es el prodigio.
Poesía hecha desde el cuerpo, como hicieron San Juan de la Cruz y García Lorca, para dar cuenta del goce que, a pesar de todo, subsiste e insiste y que constituye la muestra más patente de que no será del “hay” ni del “todo” sino del “no hay” y del “no todo” desde donde aparecerán los prodigios que permiten una salida honrosa al síntoma: la revolución histérica, el álgebra lineal, el amor, la mística, la poesía.
O lo que cada uno encuentre… Suplencias prodigiosas que hacen transitables los espacios inefables de cada cual.
Referencias
1 Seminario 19, pag. 63.
2 Ibíd. pag 132.
3 Íbid. pag 153.
4 Íbid. pag 155.
5 Íbid, pag 146.
6 Seminario 19, pag 77.
7 Ibid. pag 123.
8 Ibid. pag 144.
9 Ibid. pag 227.
10 Ibid. pag 46.
11 Seminario 20, pag 134.
12 Ibid. pag 53.
13 Seminario 19, pag 100.
14 Seminario 20, pag. 134.
15 Ibid, pag 41.
16 Ibid, pag 41.
17 Ibid pag 43.
18 Ibid. pag 61.
19 Ibid. pag 82.
19 Ibid. pag 64.
20 Ibid. pag 152.
21 Ibid. pag 74.
22 Ibid. pag 174.
23 Ibid. pag 90.
24 Ibid. pag 92.
25 Ibid. pag 158.