Fernando Sánchez Lanz: «A vueltas con la ‘Proposición’. Autorización, garantía y Escuela»

Intervención en el Segundo encuentro del Taller de Investigación sobre las enseñanzas del pase en la CdA
5 de mayo de 2025

A vueltas con la Proposición. Ese fue mi pensamiento cuando la comisión de la CdA encargada de la organización del Seminario de Investigación sobre las enseñanzas del pase que nos ocupa, me propuso ‘trabajar la Proposición’. Un ‘a vueltas’ que evocaba en mi cierta sensación de repetición, dado que ya había tenido ocasión de trabajar el texto varias veces. Sin embargo, una vez más, he vuelto a constatar que leer a Lacan implica siempre una nueva manera de leerlo. Y subrayo leerlo por lo que incluye de subjetivo esta forma reflexiva del verbo. “Nuestra exégesis”, a la que se refirió Lacan, nos orienta a leer un texto “para hacerle responder a las preguntas que nos plantea a nosotros, tratarlo como una palabra verdadera”[1]. Así tomada, la Proposición me planteó esta vez nuevas preguntas, las mías, ahora relativas a la autorización del analista, a la garantía y a la Escuela. Preguntas anudadas al propio recorrido en la experiencia en el dispositivo de Juventud que estoy realizando.

Parte Lacan en la Proposición de un principio, que lo sigue siendo de la Escuela Una: “el psicoanalista no se autoriza sino a sí mismo” [2]. Principio provocador, con el que profundiza en la crítica que inició con su texto “Situación del psicoanálisis y formación del psicoanalista en 1956”[3] a la estructura y funcionamiento de la IPA para la formación y designación de los psicoanalistas. Para Lacan, el psicoanalista es el producto de un análisis en el que uno de sus efectos es la caída de las identificaciones. En este sentido un psicoanalista no puede resultar de la identificación al analista como se venía sosteniendo en la IPA. Debía por tanto abrirse la pregunta por cómo alguien deviene analista sin el auxilio identificatorio, tras haber atravesado el fantasma y en ausencia del gran Otro que el análisis barra. Es desde este agujero en la definición del psicoanalista, desde esa pregunta, que enuncia el principio de la autorización del analista por sí mismo[4].

En la Proposición quedan establecidas las premisas y el dispositivo del pase como el invento con el que tratar de verificar ese paso de analizante a analista. Pero deja abierto el enigma de la autorización y la paradoja de la garantía. ¿Qué quiere decir que el analista sólo se autoriza por sí mismo? ¿Qué alcance tiene este principio? ¿No es paradójico situar a la Escuela como garante de un analista si la autorización proviene de él mismo y además el Otro no existe? ¿Cómo entender esta garantía de la Escuela y la formación de las que se hace responsable?

Años más tarde Lacan añade al principio de la autorización del analista por si mismo la frase ‘… y por algunos otros’, añadido con el que desde entonces se suele enunciar.  Es en la clase del 9 de abril de 1974 del Seminario 21[5], disponiendo ya de la estructura de los discursos y de la fórmulas de la sexuación, que Lacan expone:

“El ser sexuado no se autoriza más que por sí mismo […] El ser sexuado no se autoriza más que por sí mismo; pero yo agregaría ‘y por algunos otros’ […] ¿No habría podido ocurrírsenos en la Escuela que es eso lo que equilibra mi decir de que el analista no se autoriza más que por sí mismo? Esto no quiere decir que él esté solo para decidirlo como acabo de hacerles observar en lo que se refiere al ser sexuado […]”. Y unos párrafos más adelante añade: “Pero esto implicaría de todos modos que esa fórmula que produje en cierta Proposición totalmente axial reciba los pocos complementos que implican que si seguramente uno no puede ser nombrado-para el psicoanálisis, esto no quiere decir que cualquiera pueda entrar en él como un rinoceronte en la porcelana. […] Puesto que mientras no había discurso analítico, no había psicoanalista […] Se me preguntó cuál era el lazo de las cuatro formulas cuánticas llamadas de la sexuación, cuál era su lazo con la fórmula -de ella se trata- del discurso analítico tal como creí deber ante todo proponerlo. Empalmarlas sería darles ese desarrollo que haría que en una escuela, la mía por qué no, con alguna suerte, que en una escuela se articulara esa función de la cual la elección del analista, la elección de serlo no puede sino depender. Porque al autorizarse sólo por sí mismo él no puede con ello sino autorizarse también por otros”.

Encontramos aquí una orientación. El analista, como la sexuación, no deriva de una autorización del Otro, pero es sólo en el seno de un discurso que se puede hablar de sexuación, al igual que éste es preciso para hablar del psicoanalista.

Como dijimos más arriba, el fin del análisis está marcado, entre otras cosas, por una caída de las identificaciones. Por ello, como señala Miller en “El banquete de los analistas”[6] la estructura de la Escuela, en coherencia con el pase, está pensada para que el analista no sea una identificación. Sin embargo, la identificación es necesaria para la existencia del grupo, como ya develara Freud. ¿Cómo hacer para sostener un grupo que no se soporte en las identificaciones imaginarias?

Podemos tomar como punto de partida la vía que indica Lacan al invitar al analista a orientar su posición por el objeto a, donde no se trata tanto de estar desidentificado como de ocupar un lugar “refractario a la identificación”[7]. Ahora bien, -señala Miller- esta vía puede tomar dos modalidades. Por un lado podría resultar que un analista desde esa posición de objeto a, identificado al deshecho y desgajado del Otro, asuma una posición cínica desde la que sin más ley que el goce del Uno rechace el lazo amoroso y se sitúe como un nuevo amo que prescinde del grupo. Frente a este nuevo amo -que el propio análisis abre como posibilidad- Lacan propone -ya desde el ‘Acto de fundación’[8]– la Escuela como lugar donde en contraposición al amo solitario y cínico se asume la del trabajador decidido, esto es, una posición de esclavo tal como la sitúa Miller. ¿Por qué?

Porque el analista ocupa el lugar de amo, pero no puede identificarse con él. El hecho de que en el discurso del analista se ubique el objeto a en la posición de amo implica que no hay significante del analista. Y esto conlleva un llamado al grupo como el lugar en el que se trata de saber si el discurso del analista tiene un estatuto, si se puede dar cuenta de qué es un psicoanalista. Ahora bien, en este punto hay que distinguir entre grupo y lazo social. Porque como indica Miller, la experiencia analítica, el discurso analítico, funda un lazo sin grupo, sin obscenidad imaginaria[9]. Es lo que define la relación analítica, y que escribimos:

a -> $ (parte superior de la fórmula del discurso del analista)

Un discurso, como señala Lacan, no puede sostenerse por uno solo. En el funcionamiento del analista ya está incluido el lazo social. Por otro lado, el análisis está inexorablemente unido al saber analítico. Y el analista, sin pertenecer al gran Otro, es lo que resulta de una operación de saber. Saber no-todo que crea un lazo epistémico que no es el de pertenencia a un conjunto. Así, la Escuela ofrece un lazo social -no grupal- que permite perpetuar el lazo epistémico del análisis, causando la producción inagotable del saber propiamente analítico imposible de cerrarse, constituyendo un lugar donde quien ha llevado su análisis hasta el final pueda decir ‘soy analista’ y donde se trabajará sobre ese dicho.

En palabras de Miller: “En el concepto de Escuela está la noción de una colectividad de un género nuevo, adecuada para el discurso analítico en tanto que aloja la causa analítica. He aquí la estructura de la Escuela: a -> $, que es igual a la del discurso analítico. a es aquí la causa analítica, sin la cual la Escuela es impensable […] La causa analítica pone a sus miembros, los miembros de la Escuela, en el lugar del sujeto que trabaja; es el llamado al trabajador decidido […] Una Escuela de trabajadores decididos es una Escuela de analizantes respecto de la causa analítica, la cual sin duda colectiviza, pero no identifica. Solamente a partir de esta estructura es posible entender que Lacan hable del psicoanalista de la Escuela y que haya invitado a seleccionarlo. Los psicoanalistas de la Escuela son psicoanalistas de la experiencia de la Escuela, algunos que podrían hacerse cargo de la causa analítica”[10].

Fernando Sánchez Lanz. Socio de la Sede de Sevilla.

 

Referencias:

[1] Lacan, Jacques. “Respuesta al comentario de Jean Hippolyte sobre la Verneinung de Freud”, Escritos 1, Siglo XXI, Buenos Aires, 2ª edición revisada, 2008, p 362. Encontré esta cita al comienzo del trabajo de Neus Carbonell en su texto: Carbonell, Neus. Desafíos del deseo en las mujeres. Lacan a la letra, Grama, Buenos Aires, 2024, p 13. Su forma de leer a Lacan ha constituido una importante orientación para comenzar, de nuevo, a leerlo yo de otra manera.

[2] Lacan, Jacques. “Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la escuela”, Otros Escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, pp 261.

[3] Lacan, Jacques. “Situación del psicoanálisis y formación del psicoanalista en 1956”, en Escritos 1, Siglo XXI, Buenos Aires, 2ª edición revisada, 2008, pp 431-460.

[4] Según Enric Berenguer, el analista sólo se autoriza por sí mismo es otra forma, quizá más correcta y ajustada al uso en nuestro idioma, que puede tomar la traducción del enunciado del citado principio. Ver Berenguer, Enric. “El ser sexuado sólo se autoriza por sí mismo… y algunos otros”, en González, Claudia (coord.) Aforismos Lacanianos, NED, Barcelona, 2022, p 217.

[5] Lacan, Jacques. El seminario, libro 21, Los no incautos yerran. Lección del 9 de abril de 1974. Inédito.

[6] Miller, Jacques Alain. El banquete de los analistas, Paidós, Buenos Aires, pp 244-266, 2000

[7] Ibid. p. 248.

[8] Lacan, Jacques. “Acto de fundación”, Otros Escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, pp 247-259.

[9] Cuestión a la que ya hizo referencia Lacan en ‘El atolondradicho’: “No obstante, el discurso psicoanalítico […] es justamente aquel que puede fundar un lazo social limpio de toda necesidad de grupo. […] diré que mido el efecto de grupo según lo que añade de obscenidad imaginaria al efecto de discurso” (Lacan, Jacques. “El atolondradicho”, Otros Escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, p 499).

[10] Miller, Jacques Alain. El banquete de los analistas; op. cit.; p 266.

 

 

Fernando Sánchez Lanz: «A vueltas con la ‘Proposición’. Autorización, garantía y Escuela» Intervención en el Segundo encuentro del Taller de Investigación sobre las enseñanzas del pase en la CdA